palabras como pájaros

Cada pluma contiene una historia para acompañar en silencio


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Desde el balcón

        Es mayo, los días se acortan, el aire se afina, cierro los vidrios. Y por las noches ver los ojos de las ventanas que se encienden, me reconforta. No es el mismo efecto que en verano, no para mí. Ahora la gente tiene más ganas de volver a casa, a lo tibio. Construyo historias. Las luces ofrecen diferentes tonos, algunas viran al naranja (tal vez un ambiente erótico, de amantes); están las más azuladas, verdosas, la luz fría de oficinas después de hora. El ajetreo diurno deja lugar a un lento aquietarse y desde mi balcón veo cómo al oscurecer la ciudad va recuperando su vida íntima. En cada agujero lejano que se ilumina se mueven siluetas anónimas: la familia reunida para la cena; los juegos infantiles que se coronan de risas; mujeres solas que esperan o renunciaron a hacerlo, como yo; parejas en silencio que ejecutan su monotonía, sin mirarse; la ternura de manos que se entrelazan; amores no correspondidos; el violador o el asesino que esconde su pulsión detrás de facciones inocuas; moribundos que aún no lo saben; algún genio olvidado, otro que está creciendo; vidas comunes o especiales. La ciudad vertical estira sus dedos hacia el cielo oscuro de los dioses, queriendo alcanzarlos con sus torres y antenas, en el afán de ser un ínfimo dios más. El cemento cobija secretos, culpas, protege a los recién nacidos o los desampara, a las que amamantan o aquellas con los pechos vacíos. Protege; también abandona, sacrifica.

        La ciudad: con tantas historias como tantos ojos abiertos o cerrados contenga. En mi solitario balcón las conjeturo para distraerme y no pensar en la mía. Sin embargo alguna vez cierta tecla se dispara, el corazón late veloz, la garganta se obstruye y pienso que la vejez vendrá, entonces estaré a salvo de remanentes de nostalgias que todavía no pude desterrar. Los años me cubrirán con su mortaja serena y lo que me quede por vivir se deslizará sin impaciencias. Tampoco es seguro que eso ocurra. He deseado muchas cosas en mis treinta y cinco años, y los deseos se ramifican, hacen metástasis. Cómo erradicarlos; los ignoro y es una mala táctica. Resurgen en los sueños y en momentos impredecibles: chispas que se escapan de una esperanza aún indómita. Por ahora congelo mi historia, mi vida, a pesar de que si descarto las esperanzas que nacen de un anhelo, en la vida real queda muy poco. Para olvidar la mía absorbo las historias que mis alumnos me participan; ven en mí a alguien confiable, que no juzga, escucha y no interfiere con anécdotas personales. No podría, lo único que quiero es borrar de mi memoria esos tres días abominables.

        Y para eso tengo que borrar mi vida, como si hubiese nacido hace exactamente un año, cuatro meses y quince días, porque al rememorar las épocas dichosas, ineludiblemente algo tenebroso se cuela en el recuerdo y caigo en el horror de lo ocurrido. Para ciertos actos infames (ese acto infame), hay que inventar palabras, sonidos sin significación, no se lo puede nombrar sin quedar destrozada. Si me asaltan esas imágenes, invento onomatopeyas con muchas consonantes, cuya pronunciación termina siendo un gruñido; y la vez siguiente tendré que improvisar uno nuevo porque olvido el orden de las letras. Esto ocurre sólo después de una pesadilla, cuando la desesperación desgarra sin piedad.

        La ciudad quedó afuera, la miro desde el balcón, mientras espero a mis alumnos con sus historias o, por las noches, las que imagino detrás de cada ventana. Pía, a quien doy clases de refuerzo, una tarde me dijo: “la felicidad tiene el sabor de las frambuesas”, y sus ojos tenían luz, igual que las ventanas nocturnas. Mordí esa pequeña porción de fruta que ella me brindaba y algo se me dulcificó por dentro.

        Liria es el nexo entre la ciudad y yo; me trae todo lo que necesito. Dejé de extrañar las caminatas por calles arboladas, los cafés de las librerías, los reflejos líquidos en el asfalto después de la lluvia, ir a un recital o a mis cursos de pintura. Al principio mitigaba esas nostalgias convenciéndome de que me salvaba de los empujones, las largas filas, la basura acumulada en las esquinas, los bocinazos, mirar por encima del hombro con desconfianza.

        Sí, he resignado mucho, detuve un engranaje y una parte de mí funciona en automático, da clases, escucha los relatos de los alumnos y mira la ciudad, cuyas luces opacan las estrellas. No hay nada más desvaído que el cielo urbano. Cuando me encontraron en la zanja y volví a la realidad, mi primera conexión fue con el cielo negro, regado de mercurio como sólo se ve en el campo. Me sentí cubierta por ese sayo frío, impersonal, que no se espantaba por mis laceraciones internas y externas. Ese contacto, creo, me permitió seguir viviendo, me salvó de las miradas de lástima, de las preguntas torpes, del dolor por no haber muerto, por ser mujer y sentir una vergüenza que no me corresponde.

        El otoño progresa y, a pesar mío, voy ingresando en la añoranza de los proyectos truncos, del amor que llega, de las menudas alegrías cotidianas. Leí una vez que la infelicidad es la expresión del miedo.

        Quizás en el recogimiento natural del invierno intente nombrar lo innombrable, como una forma de purificación de lo que ha sido ensuciado, lo que ha sangrado tanto, consiga restañarlo y, por fin, logre pronunciar en voz alta esas palabras, por mis estudiantes, por Liria, por las que sufrieron lo mismo. Por mí.